Sunday, January 18, 2015

Teodicea franciscana por Macario Ofilada, Manila



Silencio que acompaña, silencio del corazón


Desatando el ciclón del Espíritu Santo que trae fuego y luz de esperanza


(Macario Ofilada, Manila).- Estaba llorando elCardenal Tagle, Arzobispo de Manila, en una rueda de prensa celebrada en el Diamond Hotel en Manila tras el regreso de Francisco de Tacloban. Yo estaba acostumbrado al llorón de nuestro Cardenal. Muchas veces no le hacía caso porque este bonachón también es un poco teatrero como lo demostró tras recibir el capelo cardenalicio de manos de Benedicto XVI pero esta vez lloraba por algo significativo: se emocionó al ver con sus propios ojos la compasión de Francisco hacia los damnificados en Tacloban, Provincia de Leyte desde el que tuvo que regresar antes de lo previsto a causa del tifón.
El hecho de tener a regresar a Manila antes de lo previsto seguramente fue duro para el Lolo Kiko a quien le hubiera gustado quedarse más con los damnificados. Esto me recuerda las palabras de Jesús a Pedro, el primer papa: "En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te cenías e ibas adone querías; pero cuando seas viejo, extenderas las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras" (Jn 21, 18).
Claramente el Señor se refería a la muerte de Pedro pero lo ocurrido en Tacloban, sobre todo a raíz de la muerte de la voluntaria de 27 años Kristel Pagasa porque se le cayó un altavoz de hierro desde un andamio, era una especie de muerte para el Sucesor de Pedro, para Francisco. Según el P. Lombardi Francisco fue informado de este suceso trágico al llegar a la Nunciatura el sábado por la tarde e inmediatamente ordenó a sus colaboradores a que buscasen medios para solidarizarse con la familia de la difunta. De ahí su teodicea. Una teodicea de solidaridad.
Con su mera presencia, Francisco nos dio una lección de teodicea: de buscar (o justificar o defender) la realidad de Dios en medio del mal hecho concreto en el sufrimiento. En este caso, el de un pueblo damnificado por hecatombes tanto naturales como artificiales, como la corrupción en la distribución de la ayuda a los damnificados que formaba parte del discurso preparado de Francisco y que se hizo público a última hora.
En su homilía en la misa sacudida por el tifón, el portavoz de quien puede amansar las tempestades, habló en medio de la tempestad climatológica desatando el ciclón del Espíritu Santo que trae fuego y luz de esperanza. Francisco habló de su corazón silencioso. No bastan las palabras. Los gestos, la presencia, aunque fugaz, vale más que miles de palabras.
Ahí está su teodicea: el silencio que acompaña, el silencio del corazón. Improvisó en español. Sabía que no tenía palabras para expresar el dolor compartido. Usó el español, como los místicos castellanos, para luchar contra la inefabilidad no para acallar al silencio para que el silencio pudiera hablar. El lenguaje del silencio es el amor, parafraseando a Juan de la Cruz. Y el amor se oye con el silencio de la presencia compartida que es la solidaridad.
Pidió perdón por su regreso prematuro a Manila, una escena que evoca las palabras de Jesucristo citadas arriba. Francisco evocó a Jesucristo clavado en la cruz, el trono en donde fue consagrado. Dios se hizo solidario sobre todo en la cruz, en el abandono de Jesucristo, en el silencio. La teodicea cristiana no consiste en anular el sufrimiento por la potestad divina sino en la encarnación por el mismo Dios del mismo sufrimiento, hasta la agonía en su silencio profundo pero que es solidario. La impotencia, para los cristianos, es fuente de poder, pues la impotencia de Jesús en la cruz es fuente de poder que se desata en solidaridad, en acompañamiento. El Dios cristiano es alguien que comprende nuestro sufrimiento, pues pasó por lo mismo en la cruz y que nos sigue acompañando en la solidaridad de los hermanos de la que la Eucaristía es celebración significativa.
A pesar de su gran competencia, aquel monseñor traductor no captaba del todo el dolor del papa hispano que improvisó en español en medio de aquella tormenta hecha eucaristía de dolor, de solidaridad, de agradecimiento, de esperanza. El papa les habló a los leyteños, y a los filipinos, de algo íntimo, desde su corazón: la distancia entre Roma y Tacloban no merma para nada el amor, la solidaridad. Nada más ver desde Roma la tragedia, sabía Francisco que tenía que venir. Y cumplió. Y lo dijo: "Estoy", es decir, ahora estoy aquí con ustedes. Y dijo "ustedes" como buen latinoamericano, algo que el traductor no captó al traducir "you". Para mí eso significaba "all of you", en plural, pues "you" puede malentenderse como pronombre singular.
En aquella muy conmovedora, tal vez la más conmovedora en Filipinas, el Sucesor de Pedro celebrando con un chubasco amarillo encima de su casulla y empapado, hizo realidad carnal lo que el Dios hecho carne quiso hacer y prolongar ahora en su iglesia, sobre todo con la eucaristía con su estructura sacramental. Lo sacramentológico es solidaridad de Dios para con los hombres. Y normalmente esta solidaridad se hace en silencio. No es callarse como cobardes, sino el seguimiento y acompañamiento silencioso y cotidiano, constante, coherente.
Se ha intensificado un poco el tifón Amang. Y ahora está subiendo al norte. En estos momentos, el ojo se encuentra en la región bicolana, muy frecuentada por tifones. En Manila, y en otros 15 lugares, ahora es un tifón de categoría 2. El tifón, desde el sur, ha seguido a Francisco. El Sucesor del Pescador de Hombres es ahora pescador de tifones, pero es en sí un ciclón primaveral que trae rayos de luz y esperanza con su silencio solidario. Y para un estudiante de filosofía, como el que suscribe estas líneas, es una lección difícil de igualar de teodicea cristiana.
RD

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